Unos científicos conectan neuronas humanas a un robot para enseñarle a evitar obstáculos sin código

Un equipo chino ha desarrollado un robot capaz de navegar sin ningún algoritmo informático. Al conectar una cultura de células cerebrales humanas a un chip electrónico, este sistema innovador desafía nuestras certezas sobre la inteligencia artificial y abre el camino hacia computadoras biológicas.

Cómo las células humanas se transforman en piloto biológico para guiar una máquina autónoma

El proyecto llevado a cabo por la Universidad de Tianjin se basa en la creación de un organoide. Para ello, los científicos extraen células de piel o sangre humana y luego las reprograman para convertirlas en células madre. Estas, a su vez, se desarrollan en forma de tejido cerebral vivo.

Este ensamblaje consta de aproximadamente 10,000 neuronas vivas organizadas en una estructura tridimensional. A través de estimulación por ultrasonido, estas células forman una red densa capaz de reaccionar a su entorno. Aunque este volumen es minúsculo, es suficiente para dirigir el dispositivo.

A diferencia de los programas informáticos convencionales, este mini-cerebro no obedece a líneas de código preestablecidas. El tejido biológico evoluciona de manera autónoma, aprendiendo directamente de sus propios errores para corregir la trayectoria de la máquina ante cada obstáculo.

Metaboc, la interfaz tecnológica que hace dialogar las neuronas biológicas con el silicio

Para conectar este tejido vivo a la máquina, el equipo diseñó un dispositivo llamado Metaboc. Esta interfaz de software traduce la información física en señales eléctricas que el organoide puede asimilar. A su vez, las reacciones de la cultura celular se convierten en órdenes de movimiento concretas.

No obstante, la inteligencia biológica no trabaja sola, ya que algunos algoritmos asisten en la comunicación. Este sistema híbrido combina la flexibilidad de las células humanas con la velocidad del silicio. De esta manera, el robot puede agarrar objetos o seguir objetivos en movimiento.

Una revolución energética mayor frente a los centros de datos ávidos de la inteligencia artificial

Más allá de la hazaña técnica, esta investigación responde a una urgente necesidad ecológica. Los modelos informáticos actuales requieren infraestructuras colosales. Por ejemplo, la fase de aprendizaje de una herramienta como GPT-3 consume tanta electricidad como más de cien hogares en un año entero.

En contraste, estos nuevos bio-ordenadores muestran una notable sobriedad energética. El cerebro humano, de hecho, funciona con solo alrededor de 20 vatios, equivalente a una simple bombilla. Esta eficiencia energética es imposible de reproducir con chips electrónicos tradicionales.

Además, el aprendizaje de estos tejidos se realiza por impregnación natural de la experiencia, sin programación artificial. Las conexiones se modifican por sí mismas en respuesta a los estímulos recibidos. Así, las máquinas del futuro podrían volverse significativamente más eficientes mientras reducen masivamente su huella de carbono.

Los desafíos éticos y las promesas médicas de una ciencia que borra las fronteras de lo vivo

Esta disciplina avanza rápidamente, como lo demuestra la comercialización de la primera computadora biológica por parte de la empresa Cortical Labs en 2025. Sin embargo, la tecnología enfrenta limitaciones técnicas cruciales, ya que mantener estos mini-cerebros vivos actualmente requiere pesados equipos de laboratorio.

Paralelamente, la ausencia de un marco legal plantea enormes interrogantes éticos sobre el estatus de estos tejidos sensibles. Sin embargo, los beneficios médicos se presentan como prometedores. Estas investigaciones podrían permitir reparar lesiones cerebrales humanas reemplazando las áreas destruidas con injertos biológicos.

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